Cuento de terror del bosque de los susurros

Desde que el pueblo fue fundado, lo aldeanos lanzaron una advertencia, sobre lo siniestro de la arboleda que les rodeaba. Le llamaron “El Bosque de los Susurros“, porque al mecerse el follaje con el viento, parecía pronunciar palabras de hombre, lo mismo hacían las hojas que se movían por el suelo, o los insectos que cantaban por las noches.

En todas sus palabras o frases, hacían siempre una invitación, para internarse en su espesura, y no salir de ahí jamás. Por tal razón se le enseñó a todos desde pequeños a no acercarse, ni mucho menos ver directamente hacia allá, pues solo Dios sabe qué clase de seres demoniacos habitaban en su negrura, que eran capaces de tomar forma de bellas mujeres, de niñas indefensas, de animales maravillosos, solo para atraer a un incauto hasta sus dominios y hacer de él, lo que quisieran.

A pesar de las reglas impuestas, hubo un joven que cada noche miraba a lo alto de un cerro, atraído por la sonora agonía de los árboles, y su siniestro pero encantador contoneo. Desde su ventana, distinguía la humeante figura de una mujer esbelta, cubierta con una túnica y envolviéndose en una danza macabra, cual poseída. Después se desvanecía en la fría niebla que el joven tocaba desde su ventana, pensando así que la tocaba a ella.

Cuando cerraba los ojos, seguía viéndola acercándose en silencio, posando suavemente sus pies descalzos sobre la hierba del jardín, esparciendo su frió aliento en la ventana, y dejando que sus murmullos le despertaran.

Sin embargo, cuando él salía de su sueño ella no estaba en la habitación, si no en lo alto del cerro, contoneándose aun para su deleite.

Hubo un día en el cual ya no pudo resistir la lejanía, si saber la distancia de su viaje, salió sin provisiones, sin abrigo, solo con el ímpetu de alcanzarla y de unirse a ella en esa danza macabra.

Caminó toda la noche, expuesto al frio, sin desistir. Al llegar a la cima, no era más que un sujeto pálido, hipotérmico, con los dedos congelados. Pero ahí estaba ella, aun moviéndose al ritmo de los susurros del bosque, pendiendo de una cuerda.

¡Pero que cruel decepción!, su amada no era más que los despojos de una muerta, es esqueleto de una mujer ahorcada, que se mecía con el viento…mientras un hombre moribundo admiraba su danza, hasta brindarle el más fuerte de los aplausos con su último aliento y convirtiéndose en una lamentosa voz más, víctima del bosque de los susurros.

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