El cajón del muerto

Ramón era un holgazán en toda regla, desde muy chico había abandonado los estudios con el pretexto de que sólo los brutos estudiaban para poder ganarse la vida. Por el contrario, los inteligentes (como él, al menos eso pensaba) encontrarían la manera de obtener recursos económicos literalmente sin mover un dedo.

Su padre, harto de esta situación, tomó la decisión de enviarlo a trabajar. El primer clasificado que leyó era de una funeraria en donde solicitaban a un individuo que hiciera las labores de limpieza.

La idea de mandar a su hijo a un sitio así le parecía perfecta, ya que a pesar de que Ramón conocía miles de historias de terror como la leyenda del perro con botas le tenía muchísimo miedo a los muertos.

El chico llegó y rápidamente fue contratado debido a que al tratarse de un pueblo pequeño, el dueño no tendría muchos candidatos para elegir. Se le indicó claramente que debía hacer y cuando hacerlo.

De cualquier manera, encontró la forma de “zafarse” rápidamente de los quehaceres encomendados argumentando que tenía dolencias espalda. Aunado a eso, cabe decir que su patrón salía constantemente, pues debido a la precaria situación económica del negocio, muchas veces tenía que hacer funciones de chofer de la carroza fúnebre.

A esos periodos de tiempo, Ramón los definía como “periodos de siesta”. Habría uno de los cajones de muerto, se introducía en él y entrecerraba la tapa para poder dormir un rato a pierna suelta. Lógicamente antes de hacer esto, calculaba el tiempo en que su jefe tardaría en regresar.

Una tarde de esas, eligió una de los ataúdes más caros que había en el local para llevar a cabo dicho propósito. Los interiores de éste eran muy mullidos y la tela con el que estaba recubierto era de algodón importado.

A escasos 10 minutos de estar ahí, la puerta del sarcófago se cerró de golpe. Por su mente pasó la idea de que su patrón había regresado temprano y que por fin estaba recibiendo un merecido castigo.

– ¡Tranquilo jefe, déjeme salir, sólo estaba jugando!

Nadie le contestó. Al contrario, el poco oxígeno que quedaba dentro de la caja fue intercambiado por un penetrante olor a azufre.

Llorando Ramón suplicaba por su vida:

– ¡Por piedad, me estoy asfixiando, prometo portarme bien!

Una tenebrosa voz le contestó: YA ES MUY TARDE.

Ese mismo día por la noche encontraron su cuerpo en el cajón con la tapa arañada y sus uñas arrancadas de los dedos.

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