El gato en la azotea

Teodoro acababa de mudarse a su nuevo apartamento, estaba muy feliz pues por fin había podido lograr el sueño de independizarse totalmente.

Aquel era un departamento pequeño con apenas dos recámaras, baño y cocina. Es decir, lo indispensable para tener una vida tranquila. Sin duda alguna lo que más le gustaba a Teodoro era asomarse a través de la ventana y observar la luna mientras soñaba despierto.

Precisamente una noche en la que ésta permanece majestuosa entre las distintas nubes del cielo, el joven escuchó unos maullidos.

– Debe ser princesa, la gata de la vecina, no sé porque la gente tiene mascotas y no se ocupa de ellos. Ahora tendré que subir a la azotea y bajarla exactamente como lo hice ayer, lo que más me molesta es que esa mujer ni siquiera me da las gracias. – Pensó todo aquello en voz alta.

Velozmente se calzó un par de zapatos y subió las escaleras hasta llegar a su destino. De un golpe abrió la puerta de la azotea sólo para encontrar que no era el felino que él pensaba.

Aunque sin duda alguna era un gato. Sólo que éste tenía el pelaje oscuro y los ojos de color amarillo. Instantáneamente Teodoro quedó hechizado con la mirada de aquel animal, ya que en su mente se proyectó la imagen de una despampanante mujer ataviada con un vestido negro.

La dama exclamó las siguientes palabras:

– ¡Llegas tarde, tengo más de una hora esperándote! Hasta tuve que llamar tu atención de otra forma para que subieras.

– ¿De qué está hablando? Yo no la conozco, nunca la he visto en mi vida. Me debe estar confundiendo con otro. Replicó el joven

– Teodoro, no nos hagamos tontos. Me conoces desde el día de tu nacimiento, únicamente que no te acuerdas de mí. Soy la muerte y he venido por ti.

La aparición, se quitó uno de sus guantes de seda y tocó con sus dedos al rostro de Teodoro. Éste se desvaneció instantáneamente cayendo ocho pisos abajo. Poco después llegaron las autoridades y declararon que aquello había sido un suicidio. Mientras tanto, en la más alto de uno de los tinacos, un pequeño gato negro esbozó una tímida sonrisa.


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