El hábito de la monja

Cada vez es más difícil encontrar conventos en las áreas citadinas. No obstante, en provincia hay algunos que han resistido el paso del tiempo.

Nuestra historia comienza en el pueblo de los Huizaches, un lugar en donde apenas viven unas 500 personas. La mayoría de ellos se dedican a actividades relacionadas con la ganadería y la agricultura.

Tal y como puedes imaginártelo, en esa comunidad casi todos se conocían, por lo que la llegada de algún forastero siempre los ponía sobre aviso.

Aurelio un estudiante de filosofía y letras, que en sus ratos libres escribía historias de miedo cortas, fue a ese sitio con la intención de adquirir una propiedad. Paradójicamente el edificio en cuestión, antiguamente fue ocupado por una orden religiosa. Sólo que ahora esa congregación se había mudado a un sitio más pequeño.

El joven llamó a la puerta y fue atendido por una señora regordeta de aspecto amable:

– ¿Qué se le ofrece señor?

– Hola, busco a la señora Eduviges. Me dijeron que ella era la propietaria de este lugar.

– Mucho gusto, yo soy la persona que busca. Usted debe ser Aurelio. Por teléfono la voz se le oye diferente.

– Jajaja, no es la primera persona que menciona eso. A lo mejor es que me da un poco de pena hablar en persona.

– El precio es el que acordamos ¿no? millón y medio de pesos.

– Es correcto. Pase por favor, le quiero enseñar este magnífico lugar antes de irme.

El ex convento era enorme, en la planta baja estaban distribuidos la mayoría de los claustros. Del lado izquierdo, había un gran jardín lleno de flores, y en la parte de arriba se hallaban los salones de clases (también se usaba como escuela) y la cocina.

– ¡Qué tonta soy! Se me olvidó el contrato. Deme unos 15 minutos en lo que voy a casa y regreso. ¿Está bien? Dijo la mujer

– No hay problema. Voy a seguir recorriendo la construcción.

Aurelio entró a la cocina, pues le pareció ver la silueta de alguien que estaba frente al fogón. Era una monja con el hábito de color café claro.

– Buenas tardes. Dijo el hombre.

La monja se volteó y Aurelio se dio cuenta de que era la muerte disfrazada. Ésta se le abalanzó y de un zarpazo le arrancó las entrañas, dejando su cuerpo sin vida.

Minutos después, la monja infernal volvió a ser aquella mujer amable que le había abierto la puerta al chico.


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