El jardín de doña Gertrudis

Siempre me ha gustado ayudar a los demás y más aún a las personas mayores pues considero que es precisamente en el momento de su vejez cuando más nos necesitan.

Por ese motivo, al ver un anuncio en el periódico local en donde solicitaban personal para un hospital geriátrico. En mi juventud fui paramédico, por lo que supuse que las tareas que me fueran encomendadas las podría desarrollar sin ningún inconveniente.

Efectivamente, sólo se trataba de vigilar que los pacientes tomaran sus medicamentos a la hora correspondiente. Aparte en dicho nosocomio tenían un periódico mural en donde los enfermos ponían anuncios clasificados.

Por ejemplo, era de lo más habitual encontrarse con lo siguiente: Solicito persona para que realice el aseo de mi casa, pago $150 (sólo sábados). Los dirigentes del hospital permitían esa clase de cosas, ya que el sueldo que recibíamos era el mínimo. Dicho de otra manera, al realizar estos “trabajillos extras” aumentaban nuestros ingresos de manera significativa.

Entre las decenas de papelitos que había pegados en aquella pared de corcho, uno llamó mi atención de especial manera: Necesito de alguien que pode mi jardín, únicamente este domingo, horario de 10 a 12 de la noche, $2000.

Pensé que a lo mejor había un error, pues la paga me pareció demasiada al tratarse del jardín de una anciana. No obstante, llame al número telefónico que apareció en el papel y la señora Gertrudis me confirmó que todo era verídico.

También creí que la razón de ese horario obedecía a que en el pueblo durante el día la temperatura era insoportable. Llegué a la hora fijada y la señora ya me estaba esperando. Su figura era encorvada y su cara daba un miedo terrible, dado que le faltaban unos dientes.

Me puse a retirar con las manos la mala hierba de su jardín. Lo bueno era que no necesitaba de ninguna luz adicional, ya que la luna estaba brillando con todo su esplendor. De pronto escuché una serie de gruñidos provenientes de la casa.

– Debe ser como en la leyenda del perro con botas–  pensé.

Posteriormente, los ruidos y crujidos se hicieron más fuertes. Inclusive parecían aullidos. Súbitamente sentí que una garra arañaba mi espalda, al voltear vi como aquella anciana se había transformado en una mujer lobo. Tomé del piso las tijeras para podar y se las enterré justo en el corazón y de un alarido aquella bestia dejó de respirar.

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