El tesoro español de Santa Fe

Mi teléfono celular no dejaba de sonar, bajé la mirada para observar mi reloj de pulso y éste marcaba las 5:14 de la mañana. De un brinco salté de la cama y contesté lo más rápido que pude, pues pensé que posiblemente se trataba de alguna emergencia.

Y hasta cierto punto, mi intuición no me engañaba. Era mi primo Pablo quien extremadamente contento me decía:

– ¡Por fin lo he encontrado! Luego de tantos años de búsqueda, finalmente el mapa que me entregó el señor López me condujo hasta aquí.

– Espera, espera más despacio por favor. Antes que nada dime qué encontraste.

– No te hagas el que no sabes primo, me estoy refiriendo al tesoro de Hernán Cortés. Te hablo desde Santa Fe, Nuevo México en los Estados Unidos. Hace un par de días te envié un paquete que contiene tanto la dirección del hotel donde me hospedo como los datos del sitio de la excavación. Pero como no pude aguantarme a que lo recibieras, decidí hablarte para que vengas a acompañarme inmediatamente y de ese modo tú también formes parte de este acontecimiento tan importante en mi vida. Toma papel y lápiz y apunta lo siguiente…

– Primo, sabes que yo no tengo dinero para viajar. Aunque eso sí, mi pasaporte y mi visa se encuentran vigentes.

– No te preocupes por eso. Ya te envié un giro postal. Así que lo que debes hacer es comprar los boletos de avión y venir enseguida.

– Está bien, si es así, lo haré como tú digas.

Seguí el itinerario trazado por mi primo al pie de la letra y a las cuatro de la tarde. Estaba registrándome en el mostrador del hotel.

– Disculpe señor, ¿podría decirme cuál es el cuarto de Cesáreo Montes de Oca? Exclamé.

– No me diga que viene a lo del sepelio. El señor Montes de Oca fue encontrado muerto en su habitación.

– No es posible. Yo hablé con él esta mañana y estaba perfectamente bien. Es una verdadera tragedia. Aun así ¿sabe si continúa la excavación?

– ¿Qué excavación? No sé de qué habla.

– La excavación que desde hace meses se lleva a cabo a tan sólo 3 km de aquí.

– Ahí no hay nada, salvo el cementerio indio encantado. Los pobladores cuentan una leyenda que dice que todos los exploradores que van a ese sitio son convertidos en tierra. Los antiguos nativos americanos, protegían el tesoro más grande que tiene el hombre; el conocimiento. No se trata de joyas ni de dinero.

Solo para cerciorarme, tomé un taxi y fui hasta aquella zona, únicamente para encontrar un lugar desolado. Al día siguiente regresé a mi casa. El conserje estaba esperando con el paquete que me había mandado mi primo. No contenía nada salvo una moneda de oro antigua, lo demás era tierra.

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