La cabaña de la playa

El cielo estaba totalmente de color gris, los rayos y truenos comenzaron a caer mientras la gente buscaba un lugar donde refugiarse. Aquello parecía un verdadero huracán, la arena se había vuelto lodo y la gente temía por su vida pues las olas crecían y crecían sin parar.

Mi esposa entonces me pregunto aterrorizada:

– ¿Qué vamos hacer? El auto está muy lejos, odio las tormentas, sobre todo aquellas que suceden en la playa. ¡Podría ser un tsunami!

– Estás exagerando mujer, sólo es un poco de lluvia. Te aseguro que en un par de minutos todo volverá a la normalidad. Le respondí.

Nada más alejado de la realidad, a cada instante la situación se volvió más crítica. De hecho, uno de los rayos impacto una palmera y ésta comenzó a incendiarse. Inés (mi esposa) no resistió más y caminó rápidamente hasta donde se encontraban unas cabañas.

Ingresó en la primera que encontró y gritó.

– ¡Ven pronto, aquí estaremos a salvo!

– No puedes entrar ahí, seguramente es propiedad privada. Repliqué enfadado.

Para no hacerles el cuento largo, luego de varios minutos de estar discutiendo accedí a sus deseos. Entramos a la cabaña y justo al cerrar la puerta los ruidos cesaron (al menos yo no escuchaba nada, aunque veía a través del cristal que la situación caótica continuaba).

Inés se metió al cuarto más próximo y me dijo:

– ¡Mira qué sábanas de seda tan preciosas! Ya sé, ¿por qué no nos dormimos un rato hasta que pase la tormenta?

– Como ya estaba muy cansado por tanto ajetreo, no puse ninguna objeción. Nos acostamos sobre la cama y mi esposa me abrazó; durmiéndose en un santiamén. Yo estaba boca arriba, con los ojos cerrados intentando conciliar el sueño acompañado únicamente de la respiración suave y acompasada de mi amada.

Sin embargo, abrí los ojos asustado cuando el tibio aire que llegaba a mi nuca se volvió literalmente un viento gélido. No lo sabía, pero lo peor estaba por venir. Una mano huesuda acarició mi mejilla y una calavera me miró fijamente.

Inés había desaparecido, aquel engendro era quien traía sus ropas.

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