Leyenda de la capilla embrujada

Angelito era un chico de apenas once años, que tenía a su cargo unas cuantas reses de La hacienda del señor Barrera, él las llevaba a diariamente desde la finca que estaba al pie del cerro Panaga, cerca de la Unidad Vecinal hasta un pequeño prado de pastar. El jovencito era alto, delgado, de tez curtida por el sol, ojos y cabellos castaños y expresión simpática, que lo hacían lucir un poco mayor de lo que en realidad era. A veces se entretenía tallando figuras de madera con una pequeña navaja y otras tocando la flauta, mientras el ganado pastaba tranquilamente.

Una de tantas tardes pastoreando las reses, estas se acercaron a una capilla de aspecto lúgubre, la cual era conocida como: La capilla Embrujada. Angelito recordó entonces, que era un lugar que no debía pisar, porque se escuchaba que espantaban de día y de noche, y lo mejor que podía hacerse al estar cerca era no entrar y alejarse lo más posible.

Pero es bien sabido que los chiquillos son más valientes que las personas adultas, y que la curiosidad los mueve de maneras distintas. Así entonces, Angelito entró despacio, viendo alrededor…y de ahí no salió más que un desgarrador grito de auxilio que espantó al ganado. Al ver que las reses regresaron solas a casa la gente de los alrededores organizó una desesperada búsqueda, que los puso frente a la capilla. Al seguir las huellas del niño.

La tarde quedó en silencio. No hubo alma que se atreviera a entrar a averiguar, dieron al niño por muerto y su familia le llevaba flores, las cuales colocaban a una distancia prudente del temido oratorio. Los que recuerdan la historia de Angelito, cambian su ruta para no pasar por delante de la capilla, que luce cada vez más tétrica y desolada. Y arranca sustos a más de uno, cuando deja salir de su interior los gritos lastimeros y llantos dolosos de un niño pequeño.

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