Leyenda de la casa del niño quemado

Fue en el año de 1717 cuando llegó a la Nueva España don Eulogio y su familia; para habitar la casona que fuera de Pedro de Soto. Desde el primero momento, Ambrosio su hijo de once años, sintió lo siniestro del lugar, sus oídos se llenaron de lamentos sobrenaturales, y sus ojos percibieron algo en el bosque. Sin embargo, los padres ignoraron lo que decía el muchacho.

Esa misma noche, como a las once, el chico aun no podía conciliar el sueño, a causa de unos leves susurros que arrastraba el viento. Aquellos ayes dolientes y lastimeros, le obligaron a asomarse por la ventana, percibiendo sombras y una extraña presencia en el follaje. Ambrosio se levantó rápidamente, salió de su casa y se lanzó hacia el bosque en persecución de quien se lamentaba tan dolorosamente, pero no veía a nadie. Siguió su camino hasta llegar a una casa quemada. De ahí salía aquel lúgubre lamento.

Al día siguiente un criado llevó ante sus padres el cuerpo inerte del pequeño, lo había encontrado desmayado en el bosque mientras buscaba leña. La misma historia se repitió durante muchas noches y muchos días. Esto tenía muy preocupados a sus padres, ya que pensaban que era sonámbulo. Así que se le vigiló para que no se escapara más, pero esto solo empeoró su salud. Deliraba cosas sobre un pobre niño atormentado que no podía obtener el perdón de alguien.

El doctor del chico, les relató la historia de un alma que lleva mucho tiempo atormentada, vagando por aquella casona abandonada y le dijo que la única forma de curar a su hijo era ayudando al alma en pena. Fueron entonces don Eulogio y el medico a hacer guardia en la puerta calcinada, aguardando la llegada del ser que gemía. Cerca de la media noche percibieron los dolorosos gritos, mientras la hojarasca era aplastada por pies invisibles, en ese momento una sombra acompaño las suyas.

Después de tragarse el susto, los hombres se preguntaban porque aquella alma en pena no podía cruzar la puerta. Se requirió entonces la ayuda de un Fraile, gray Ezequiel de Alonso, un viejo franciscano del templo de San Antonio, escuchó la confesión del pequeño Ambrosio; y dio la instrucción a la familia de que prepararan antorchas y faroles para adentrarse en el bosque. Colocaron los artefactos en el camino que recorría la doliente alma y esperaron su llegada.

Como de costumbre, cercana la media noche, se escuchó el susurro y los dolorosos gemidos. En este momento el fraile se acercó a la entrada, implorando al Señor que se llevara consigo a aquellas almas a su eterna morada y permitiera que aquella puerta se abriera. Luego ¡un ser de ultratumba! Se manifestó ante el cura; después sin ningún motivo las antorchas y faroles se apagaron, y en medio de la oscuridad se vieron dos figuras espectrales horrorosas, después solamente se escuchó la voz del fraile que decía: “Dios sea bendito y alabado. ¡Juan, quedáis con vuestra madre!”.

Los faroles y antorchas se encendieron de nuevo, y todo pareció volver a la normalidad y el fraile les contó la historia de un mozuelo llamado Juan, quien abandonó a su madre por irse en busca de aventura. Una noche, la casona ardió con la madre de Juan dentro; más tarde se supo que también el muchacho había muerto ¡quemado!.

Al volver a casa, se encontraron con la noticia de que Ambrosio se había recuperado, aun así Don Eulogio lo llevó a una nueva casa, por si acaso. Y todo lo ocurrido, fue a parar en el relato de: la Leyenda de la casa del niño quemado.

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