Leyenda del Cakuy

Cuenta una vieja leyenda sobre un hermano y hermana que vivían en el monte. El chico era bueno, siempre buscaba la manera de llenarla de atenciones, mientras ella, solo correspondía con desaires y maldades.

Las groserías de la muchacha fueron creciendo, un día cuando él vino cansado y hambriento después de un duro día de trabajo, le echó el agua encima, la siguiente vez fue la comida, y así día tras día hasta que colmó su paciencia. El hermano deicidio castigarla por su mala actitud, la invitó a traer miel de la selva, una vez ahí, treparon a lo más alto de la copa de un enorme árbol, pero el bajó antes de que ella pudiera verlo y desgajó el tronco para que la hermana no pudiese seguirlo.

Así, la mujer quedó colgada en lo alto, llorando llena de miedo. Ahí le atrapó la noche, aun abrazada al tronco, en medio de la oscuridad, se vio rodeada de brillantes ojos y raros murmullos. Pronto su miedo se hizo terror, pero lo que sentía era poco, comparado con la terrible sensación de que algo invadía sus pies, un cosquilleo le adormecía las extremidades, y al voltear, no pudo más que horrorizarse al ver que las piernas se le convertían en garras, las manos se transformaban en alas y el cuerpo se le cubría de plumas.

Se dice que desde entonces, aquella mala mujer, surca los aires solo por las noches, rompiendo el silencio con un lúgubre canto que estremece las almas: —¡”Turay”, “Turay” ! (¡Hermano, Hermano), tal vez buscándolo para pedirle perdón, y ser librada de su maldición emplumada.

Y es que no todas las historias aterradoras tratan sobre amenazas, crímenes, seres infernales o espíritus, las hay también de lamentos por el eterno dolor humano como el grito del Cakuy.


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